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Concepto fundamental en metafísica, en la filosofía práctica y, especialmente, en ética, básicamente relacionado con las acciones y decisiones humanas, pero también con los fines y objetivos, mediatos o inmediatos, que con aquéllas se persiguen, y hasta con la existencia (problemática), o sentido, de lo bueno en sí mismo o de un bien sumo. Todo hombre, es sabido, busca de un modo u otro el bien; la discusión está en determinar en qué consiste.

Platón
Aristóteles

Platón inicia una manera sustancialista u ontológica de entender el bien: «bien» es el principio del ser y de la verdad de las cosas, la idea máxima (ver texto ). Aristóteles sistematiza y precisa esta misma noción: el bien no puede ser algo universal y absoluto, sino algo que existe sólo en los seres que denominamos buenos; el bien hay que entenderlo en sentido analógico, como el ser, y así hay bienes de distintas clases como hay entes de distintas clases, o diversas categorías de entes (ver cita). A Aristóteles se debe la primacía de la perspectiva ética de la noción del bien en la tradición filosófica occidental, entendido como «aquello a lo que todas las cosas tienden»; el bien, en este caso, cobra un aspecto relacional, y se vuelve menos sustancial u ontológico: se constituye en una ordenación gradual de medios y fines con la que el hombre alcanza lo que es para él relativamente bueno, siendo el último eslabón de esta cadena de fines intermedios el «último fin»: «aquello en vista de lo cual se hacen todas las demás cosas». El bien del hombre, afirma, «es una actividad del alma conforme a la virtud, y si las virtudes son varias, conforme a la mejor y más perfecta, y además en una vida entera» (Ética a Nicómaco, 1098a 16-18).

La filosofía escolástica medieval sigue la tradición platónico-aristotélica y hace del bien (bonum) uno de los trascendentales del ser, junto con el unum y el verum: todo lo que es, por el hecho de ser, posee una bondad particular, y las cosas son tanto más buenas, o encierran mayor bien, cuanto más cerca se hallan del summum ens y del summum bonum. Además, toda actividad dirigida hacia los diversos entes genera el deseo del bien que hay en ellos, según la formulación escolástica de que «todo lo apetecido se apetece bajo la forma de bien» (quidquid appetitur, sub specie boni appetitur), por lo que la moralidad de los actos humanos se funda en una ordenación graduada de los seres en función del «sumo bien».

Kant
Scheler

Con la llegada de la filosofía moderna y la desaparición de la fuerza de los conceptos metafísicos tradicionales, desaparece también el carácter sustancial de la idea de bien. La filosofía de Kant vacía de todo contenido material a la idea de bien; lo único bueno es una « voluntad buena», dice, destacando su aspecto formal (ver texto ). Su ética formal no hace sino precisar, bajo el concepto de imperativo categórico, en qué consiste esta voluntad buena. Todas las diversas filosofías de los valores, surgidas en el s. XIX y XX, algunas de raíces kantianas, como la teoría de los valores de W. Windelband y H. Rickert, otras directamente opuestas a la ética formal y del deber de Kant, como la ética material de los valores de Max Scheler, de raíces más bien fenomenológicas, y otras hasta nacidas de una visión económica de la vida humana o de la consideración existencialista del hombre, como en Marx o en Sartre, si bien suponen una vuelta a una concepción ontológica del bien, sustituido ahora por el concepto de valor en alguna de sus formas, no le conceden un fundamento objetivo, como era propio de la tradición filosófica, sino sólo subjetivo, sociológico o histórico.

Las teorías éticas más recientes, como «metateorías» que son o como teorías metaéticas que son, se plantean el sentido de los enunciados morales, esto es, aquellos que de algún modo tienen como predicado el término «bueno». El subjetivismo ético sostiene que, en un enunciado ético, el hablante no expresa más que un sentimiento o una actitud propios, esto es, subjetivos. La bondad que se expresa en un enunciado ético es sólo una cuestión de «gusto»; no hay cosas buenas o malas, sino sentimientos o actitudes con que se expresan las preferencias del sujeto. Para evitar el relativismo moral se apela a veces a la figura del «observador ideal», de Adam Smith, según la cual el enunciado «X es bueno» debe entenderse como dicho por un ser omnisciente, desinteresado y racional que mantendría respecto de X una actitud de aprobación. Este observador ideal sería, entonces, un punto de referencia objetivo o intersubjetivo. El objetivismo moral sostiene, por su parte, que en los enunciados éticos se afirma la moralidad de algo o de alguien de una forma objetiva. Un tipo de objetivismo moral clásico es el que propugna el utilitarismo, según el cual «bueno» es lo útil, esto es, aquello que produce la mayor felicidad del mayor número posible de personas. El intuicionismo es otro tipo de objetivismo moral, que sostiene que un enunciado ético es una expresión con la que manifestamos nuestra intuición moral o nuestra comprensión intuitiva sobre la moralidad de una cosa o de una persona. Creer que podemos hablar del «bien» y de lo «bueno» como de algo definible por sus propiedades naturales es propio del «naturalismo ético»: sistema que trata las entidades morales como si fueran cosas naturales; y en esto -así se afirma- consiste precisamente la falacia naturalista.

El positivismo lógico acepta el punto de vista de que «bien» y «bueno» son términos indefinibles, no porque no puedan intuirse por medio de alguna facultad, sino porque no expresan más que la emoción o el sentimiento de quien hace enunciados o juicios morales. Por esto mismo, estos enunciados no son descriptivos, sino sólo expresivos de las propias emociones. El prescriptivismo ético sostiene que los enunciados morales no son ni descriptivos ni expresivos o emotivos, sino propiamente prescriptivos, o imperativos y quien los pronuncia se compromete con ellos respecto de una norma o del deber; por consiguiente, un enunciado sobre lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, es en definitiva un enunciado que expresa un deber, o una obligación en conciencia.

Desde un punto de vista bíblico, ya en el Antiguo Testamento se formulan dos afirmaciones esenciales. Dios es bueno, de una bondad única, que se manifiesta sobre todo en su misericordia. Dios, por otra parte, lo ha hecho todo y el mundo material como los espíritus que lo habitan, es bueno con una bondad en su origen sin mezcla (Gén 1). Así, cuando la Biblia atribuye bondad a las cosas muestra que esta bondad no se mide en función de un bien abstracto, sino en relación con el Dios creador. El Nuevo Testamento desarrolla esta doctrina, primero por la afirmación evangélica de que sólo Dios es bueno (Mc 10, 18 y Lc 18, 19). Pero sobre todo aparecerá en él definitivamente que esta bondad trascendente de Dios es su amor (ágape) creador y salvador.


Bibliografía sobre el concepto

  • Waal, F., Bien natural. Herder, Barcelona, 1997.
  • Echeverría, J., Ciencia del bien y del mal. Herder, Barcelona, 2007.
  • Küng, H., ¿Por qué una ética mundial?. Herder, Barcelona, 2002.

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