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Término equivalente -con diferencias de matiz- a conciencia, alma o persona, con el que identificamos nuestra personalidad. Su característica fundamental es la conciencia de la propia identidad personal.

El problema filosófico del yo comienza a plantearse con Descartes, quien lo constituye en primera verdad de su sistema: «pienso, existo». Descartes lo concibe como sustancia pensante, como entidad por tanto permanente y autónoma, mientras que Hume- tras una crítica inicial de Locke a la sustancia-, no ve en el yo sino la conciencia transeúnte de un «haz o un flujo de sensaciones»(ver texto 1 y texto 2). Kant, a su vez, distingue un doble plano del yo: el empírico o fenomenológico, y el nouménico o inteligible; el primero perceptible como fenómeno a través de la conciencia empírica, el segundo, noúmeno y cosa en sí desconocida, que está más allá de la experiencia y del que sólo sabemos -por la razón práctica- que pertenece al mundo de la libertad y de la ética. La ilusión trascendental que nos lleva a creer que es posible conocer este yo como sustancia o como sujeto, se diluye con el análisis de los paralogismos (ver texto). A este doble yo del hombre, fenómeno y noúmenon a la vez, se añade el yo trascendental de su teoría del conocimiento, concebido como «apercepción pura» o «unidad sintética de la conciencia» (ver texto).

La convicción filosófica en la existencia del yo se refiere justamente al yo que está más allá de la propia conciencia empírica, y que se concibe como sujeto permanente de la propia singularidad y de la identidad personal, y principio de la propia autonomía, inviolabilidad y dignidad.

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