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(del griego διάλογος, conversación)

Discusión organizada mediante preguntas y respuestas entre individuos interesados por una misma cuestión que se intenta precisar, y respecto de la cual se pueden mantener inicialmente puntos de vista distintos. En tanto que supone la participación de varios, el diálogo será concebido en la antigüedad como el medio propio de expresión del logos que, siendo común a todos los seres racionales, se desarrolla a través de los que confrontan sus logos particulares en él. Por otra parte, también se ha señalado que ya el mismo proceso del pensar es dialógico, y se desarrolla como un diálogo interior.

Platón

La primera manifestación escrita importante de filosofía son los diálogos de Platón, los cuales probablemente imitaban la manera socrática de filosofar, por lo que el diálogo, como forma de dialéctica inicial, esto es, de conversación reflexiva con preguntas y respuestas con miras a obtener conocimiento, se halla presente en los primeros pasos de la filosofía. La forma dialogada de la obra escrita de Platón (y de Aristóteles, puesto que las primeras obras exotéricas de dicho autor también fueron diálogos) es, probablemente una imitación de la forma dialógica de conducir el pensamiento por parte de su maestro Sócrates. De esta manera, si bien en la tradición escrita el diálogo surge con Platón, en cuanto método propio de la filosofía se remonta a Sócrates, para quien el diálogo permitía la crítica de la δόξα (opinión) y tenía la ventaja de la persuasión racional, en contra del lenguaje de la imposición propio de los sofistas.

Por esta razón Sócrates evitaba el uso de las técnicas retóricas, destinadas a convencer artificiosamente más que racionalmente. Mediante el diálogo, Sócrates podía ejercer el arte de la mayéutica y despertar en sus interlocutores un saber escondido que solamente podía aflorar después de la previa toma de conciencia de la propia ignorancia, es decir, después de poner en crisis las propias creencias y haberlas confrontado con otras (ver texto ). De esta manera, aunque también algunos sofistas practicaban el diálogo, su orientación era bien distinta, puesto que la mayoría lo concebía como disputa en la que debía ganar el más hábil en el uso de las técnicas retóricas, lo que era conocido como erística.

Aunque Platón desconfía del lenguaje escrito que no responde a las preguntas (ver texto ), sigue a su maestro y utiliza la escritura como vía para exponer su pensamiento, pero lo hace utilizando la forma del diálogo escrito, a medio camino entre el discurso hablado y el soliloquio o el tratado. Con esta forma, que representa el movimiento del propio pensamiento -que es concebido como «diálogo interior del alma consigo misma»-, se pone énfasis en la necesidad de coherencia y en la evitación de la contradicción, y el diálogo aparece como vía dialéctica (ver texto) hacia la intuición de la verdad, aunque a veces no pueda realmente concluir en aserciones definitivas.

A su vez, el diálogo socrático y platónico es expresión de un contexto social en el que la discusión pública se instala en el ágora de las polis griegas con la llegada de la democracia, y que, como arte de discutir y razonar, se desarrolla luego como retórica, dialéctica y lógica. Además de Platón muchos otros autores han utilizado el diálogo como forma de expresar el discurso filosófico: el mismo Jenofonte, o Aristóteles, como ya hemos dicho; pero también lo usaron san Agustín, Cicerón, Giordano Bruno, Galileo, Berkeley, Malebranche, Hume, y otros.

En la época medieval dio lugar a las llamadas disputatio. En la época moderna se reanuda el interés por la estructura dialógica del pensamiento, especialmente en la filosofía romántica y en autores como Hamann, Jacobi, Fichte y W. von Humboldt. Y la concepción misma del diálogo aparece en el seno de la dialéctica de Hegel, entendida como movimiento inmanente del ser que se explicita a sí mismo en su totalidad de forma no contradictoria mediante sus momentos antagónicos. De esta manera, la estructura dialógica aparece como la estructura misma de la realidad.

A partir de los años 1920 reaparece un interés renovado por el diálogo que da lugar a la llamada filosofía del diálogo de autores como Rosenzweig, o Martin Buber, en la que se sustenta que el yo solamente emerge en la relación dialógica o comunicación existencial entre yo y . Con ello se pone énfasis en la negación de la pretendida prioridad ontológica de la conciencia (monológica), otorgándosela a la relación con el (dialógica). En un sentido parecido, E. Levinas subraya la disimetría de la relación intersubjetiva e insiste en la primacía del otro. En esta relación el lenguaje aparece como la relación dialógica fundante, lo que enlaza con la tradición hermenéutica (de Gadamer, por ejemplo, para quien todo ser que puede ser comprendido es lenguaje -ver texto - ), y representa una crítica a toda filosofía de la inmanencia del saber, que encierra en sí los gérmenes de una violencia totalitaria. En este sentido, las tesis de Habermas de la verdad por consenso intersubjetivo, y su apelación a la «situación ideal de diálogo», pueden vincularse a esta tradición. Entre los autores españoles contemporáneos interesados por una filosofía del diálogo destacan Unamuno y Eugeni d'Ors.

La afirmación del proceso dialógico del pensamiento, entendido como un diálogo interior, ha sido defendida, entre otros, por George Herbert Mead y, sobre todo, por Lev S. Vygotsky.

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