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(del latín opinio, conjetura, creencia)

Creencia que se considera verdadera, o por lo menos probable, por quien la sostiene, sin razones suficientes (objetivas) en que apoyar su verdad. Siempre se ha distinguido, a lo largo de la historia de la filosofía, entre conocimiento y opinión, reservando para el primero la prerrogativa de ser verdadero saber; la opinión sólo es conocimiento inseguro y está sometida al error. Entre la simple creencia, como opinión no justificada, y el conocimiento o saber verdadero, está la creencia racional, que es una opinión que se apoya en razones objetivas. Aunque ya en Parménides se aprecia el comienzo de la distinción cuando distingue entre vía de la verdad y vía de la opinión, fue Platón quien estableció claramente la oposición entre una y otra, similar a la que existe entre el mundo inteligible y el mundo visible, y la inferioridad de la opinión respecto del conocimiento verdadero: la opinión, (δόξα) doxa, abarca lo perceptible y visible y es por ello conocimiento imperfecto, inseguro, ya que puede ser verdadero o falso, mientras que el conocimiento de las ideas o formas, de lo que verdaderamente es, es conocimiento necesariamente verdadero, episteme o nóesis (ver texto). Aristóteles, en la misma línea de Platón, hizo clásica la noción de ciencia como conocimiento necesario y verdadero, por oposición a opinión, conocimiento que puede ser verdadero o falso (ver texto ).La característica de conocimiento defectivo que se le asigna a la opinión no ha de permitirnos ignorar enfoques contemporáneos de filosofía de la ciencia que consideran el conocimiento, incluido el científico, como una simple conjetura, que se define, no como conocimiento verdadero, sino como actividad de criticar enunciados y teorías, esto es, como una creencia racional (ver texto).

En psicología social se distinguen dos sentidos de opinión pública: la que se considera como conjunto de creencias más o menos estables, pero capaces de progresar, fruto y resultado de una vida social colectiva dirigida por la reflexión, y la que consiste en una manifestación puntual de actitudes y creencias, obtenida mediante sondeos de opinión, dirigidos a muestras representativas de la población, estudiadas mediante métodos estadísticos, introducidas en el estudio social por George Gallup (1901-1984) hacia 1930. El primer sentido de opinión pública, el filosóficamente relevante, remite a la tradición liberal inglesa e ilustrada que habla de las «leyes de opinión», de Locke, de igual dignidad que la ley divina o la positiva, o del acuerdo u «opinión pública», según Rousseau, que se manifiesta preferentemente en las asambleas y que es una noción más o menos cercana a la de voluntad general, o del «uso público» de la razón, en expresión de Kant, que ha de hacerse ilustrada, esto es, la razón que ha de atreverse a pensar por su cuenta. La carga de reflexión crítica y libre que la tradición liberal e ilustrada atribuye a la opinión pública a modo de conciencia universal desaparece con el tiempo y, con la llegada de los medios de comunicación de masas y las nuevas técnicas de comunicación, se vuelve sumamente influible y manipulable. Karl R. Popper llama la atención sobre el «mito del progreso de la opinión pública» y hasta sobre los peligros que esta opinión representa, cuando no se sustenta sobre la libertad de pensamiento y la libre discusión crítica (ver texto). Muy a menudo, esta opinión pública adolece del mismo defecto que la tradición atribuye a la simple opinión sin fundamento suficiente: es poco racional y acrítica, esto es, conservadora y conformista.


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