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Nacimiento:1 enero 1712en GinebraMuerte:1 enero 1778en Ermenonville

Pensador suizo del s. XVIII muy influyente en la filosofía de la Ilustración. Sus posiciones superan el tradicional racionalismo de ésta al considerar positivamente los sentimientos como elementos tanto o más relevantes que la razón. Sus teorías se retroalimentan del contexto de liberalismo demócrata de la época, de ahí que influyeran en sucesos como la Revolución Francesa. Su visión antropológica es optimista, pero defiende que la sociedad corrompe la bondad natural del hombre, generando innumerables problemas. El 'contrato social' (título de uno de sus libros más conocidos) y la voluntad popular que de este pacto emana es lo único que legitima al Estado y las leyes a tener valor entre los conciudadanos. En cuestiones religiosas fue un deísta con tendencias escépticas.

Miquel Seguró (Encyclopaedia Herder)

Filósofo suizo, ilustrado y romántico, nacido en Ginebra. Su madre, Suzanne Bernard, muere a los pocos días de haber dado a luz, y su padre, Isaac Rousseau, le educa en casa leyendo con él novelas sentimentales y las Vidas de Plutarco, pero cuando por causa de un duelo se ve obligado a exiliarse de Ginebra para evitar la cárcel, abandona al pequeño Jean-Jacques de diez años de edad, que es acogido por su tío y enviado a vivir a pensión, junto con su propio hijo, en casa de un clérigo, donde recibe por primera vez una cierta educación escolar. Vuelto a Ginebra, entra a trabajar como aprendiz de escribano y de grabador. Cuatro años más tarde, en 1728, abandona su casa y Ginebra, tras llegar tarde a la ciudad y ver de lejos cómo se le cierran las puertas, y a sus dieciséis años se lanza al mundo aventuradamente.

En Annecy, Saboya, es acogido por un clérigo, que lo recomienda a una conversa al catolicismo, Mme. de Warens, quien a su vez lo envía a un catecumenado en Turín, donde abandona el calvinismo y es bautizado como católico; sirve como criado durante un tiempo en esta ciudad, y finalmente vuelve con Mme. de Warens, con quien establece una amistad materno-filial, que con el tiempo se transforma en amorosa y apasionada. Transcurren diez años de lecturas, estudios, obras literarias de poca monta, aventuras, viajes, rupturas y regresos a Annecy, hasta que se produce la ruptura definitiva con la mujer que hasta entonces le había dado estabilidad emocional. Marcha a París, donde presenta a la Academia de Ciencias un Proyecto concerniente a nuevos signos para la música, que es rechazado; compone la ópera Les Muses galantes, Mme. d´Épinay lo introduce en el ambiente distinguido y es nombrado secretario de embajada en Venecia. Vuelve a París en 1744 y comienza su trato con los philosophes, Diderot y d´Alembert sobre todo, y su colaboración en artículos para la Enciclopedia; conoce por esta época a Thérèse Levasseur, una mujer analfabeta a quien toma por compañera para toda la vida y con quien tendrá cinco hijos que serán depositados todos en la Maternidad pública. En 1749 va a visitar a Diderot, que se encuentra en la cárcel de Vincennes, y por el camino lee en el «Mercure de France» la convocatoria de un premio de moral por la Academia de Dijon, sobre el tema «Si el establecimiento de las ciencias y las artes han contribuido a depurar las costumbres».

Su respuesta en forma de un «no» decidido, como crítica a los valores culturales de la sociedad de su tiempo y a los ideales ilustrados, constituye su primera obra importante, Discurso sobre las ciencias y las artes, premiada por la Academia y publicada en 1750. Aquí comienza el itinerario filosófico de Rousseau. La temática de esta primera obra es causa de una intensa polémica, que le da celebridad y que le obliga, hasta cierto punto, a proseguir por la misma línea. Tras decidir ganarse la vida como copista de música, se reconcilia con el protestantismo y con la ciudad de Ginebra y publica alguna ópera (Le Devin du village); en 1754 escribe Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, también como respuesta a una nueva convocatoria de la Academia de Dijon, que se pregunta «Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres y si la ley natural la justifica»; esta segunda obra, de mayor profundidad filosófica que la primera, no resulta premiada, pero Rousseau la publica en Amsterdam, en 1755, y la dedica a la república de Ginebra. En ella apunta la idea central del pensamiento de Rousseau: hallar en uno mismo aquella parte de naturaleza que la sociedad todavía no ha empeorado. Voltaire le comunica que ha recibido este «nuevo libro contra el género humano», y se lo agradece. Su actitud de negación y de reformador le hace sentirse incómodo en París, y acepta que su amiga Mme. d´Épinay le ceda su casa de campo, el Ermitage, para retirarse; allí trabaja intensamente, y lo hace luego en Mont-Louis à Montmorency y más tarde en el Petit-Château de Montmorency, donde permanece seis años. Durante este período, alterado por los vaivenes amorosos y las amistades rotas (con Diderot, con Voltaire), Rousseau escribe Carta a Voltaire sobre la providencia (1756) -en respuesta a su Poema sobre el desastre de Lisboa-, Cartas morales a Sofía (1757-1758), Carta a d´Alembert sobre los espectáculos (1758) -en respuesta a un artículo de éste, «Ginebra», en la Enciclopedia -, Julia o la nueva Eloísa (1756-1760) -tras enamorarse de su sobrina Sophie d ´Houdetot-, Emilio (1759-1761), El contrato social (1760-1761) y Cartas autobiográficas a Malesherbes (1762). Es la época de su mejor producción literaria, pero sus obras, sobre todo Emilio y El contrato social,son rechazadas en Francia y, por la primera de ellas, se le ordena prisión. Rousseau, privado ya de influencias y amigos, ha de huir a Suiza. Pero Ginebra prohíbe también Emilio y El contrato social y los envía a la hoguera; otros países, ciudades o universidades prohíben asimismo sus obras, y Rousseau se refugia en Môtiers-Travers, en Neuchâtel, bajo la protección de Federico II de Prusia; adopta desde entonces el traje armenio, y allí escribe Carta a Christophe de Beaumont (1763), en la que defiende las ideas de La profesión de fe de un vicario saboyano, incluida en el libro IV de Emilio, condenado por el arzobispo de París. En Cartas escritas desde la montaña (1764) rechaza el trato que la ciudad de Ginebra otorga a sus obras. La hostilidad contra él va creciendo por doquier: su casa es apedreada por incitación del cura de Môitiers; se marcha a la isla de Saint-Pierre y, finalmente, acepta la invitación de David Hume, amigo suyo, para trasladarse a Inglaterra. Instalado primero en Chiswick, en 1766, pasa luego a Wooton, pero las tensiones y el temor que lleva dentro hacen que se sienta perseguido y desconfíe incluso de Hume, y huye angustiado de Inglaterra volviendo a Francia con el nombre de Renou. Vaga por Francia, se casa civilmente con Thérèse Levasseur, en 1768, y se establece en París en 1770 donde permanece hasta 1778; vuelve a copiar música, clasifica hierbas y escribe sobre botánica Mientras tanto ha publicado Confesiones (1767-1771), escritas en buena parte durante su estancia en Inglaterra, y escribe y no acaba Las ensoñaciones del paseante solitario. Se traslada en 1778 a Ermenonville, al castillo del marqués de Girardin, donde muere de apoplejía. El 9 de octubre de 1779, por decisión de la Asamblea Constituyente, sus restos son trasladados al Panteón.

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Rousseau es un filósofo ilustrado que mantiene una postura crítica respecto de muchas de las ideas aceptadas en su tiempo; es, además, por temperamento, el filósofo por excelencia del romanticismo. Su biografía parece explicar -y justificar- su obra. Discutido a lo largo de toda su vida, llegó a influir, no sólo en ideas, sino también en costumbres y en gustos sobre sus contemporáneos: los franceses de su tiempo aprendieron a valorar con él la naturaleza, la vida en el campo, la contemplación del paisaje; la divisa de la Revolución francesa -«libertad, igualdad y fraternidad»- no estaba lejos de los ideales políticos plasmados en sus obras, y Kant, que sintió una viva admiración por alguna de sus ideas, lo llamó «el Newton del mundo moral». La pedagogía moderna le debe algunas de sus ideas centrales.

Rousseau, filósofo ilustrado de hecho, por la época a que pertenece y por las ideas comunes que comparte con muchos de los philosophes, se opone, ya desde el primero de sus Discursos, a una de las ideas fundamentales de la Ilustración: los beneficios del saber. En el Discurso sobre las ciencias y las artes, sostiene sin paliativos la crítica a la civilización: las costumbres han degenerado en todos los pueblos en la misma proporción con que éstos se han dedicado a las ciencias. Y, en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, extiende esta idea a la misma sociedad: es la sociedad el origen de los males del hombre y la que lo corrompe. Entre uno y otro Discurso media el viaje a Venecia, como secretario de embajada, que lo ha introducido a la vida política. Rousseau apuesta por el pesimismo para oponerse a las teorías optimistas de progreso de los enciclopedistas. De la teoría política que construye en el segundo de los Discursos y sobre todo en El contrato social, la posteridad hará juicios diversos: para unos está en los orígenes de la teoría política de la democracia; para otros se alinea entre los reformadores visionarios.

Si el hombre ha sido corrompido por la sociedad, es preciso reflexionar sobre el «estado de naturaleza» del ser humano. Hasta entonces, la hipótesis del estado de naturaleza, o estado natural del hombre, había sido defendida, desde perspectivas distintas y opuestas por los patrocinadores del derecho natural, Grocio y Pufendorf, sobre todo, y por los teóricos ingleses de la política de su tiempo, Hobbes y Locke. Hobbes vio en el estado de naturaleza el estado de guerra de todos contra todos, mientras que Locke veía en él una situación en la que la racionalidad hacía deseable la sociedad para preservar mejor la libertad y la propiedad naturales. Los juristas del derecho natural consideraban que los hombres eran libres e iguales en este estado de naturaleza. Unos y otros vieron en el pacto o contrato el medio convencional de establecer la sociedad, que en todo caso es una situación mejor. Rousseau disiente de algunos de estos planteamientos. Recurre a la hipótesis del estado de naturaleza, no como hipótesis histórica (ver cita), sino como forma de plantear, con la contraposición naturaleza/sociedad, -una forma de entender el presente, contemplándolo a un contraluz necesario- cuántos males le han sobrevenido al hombre por la vía de la sociedad: la naturaleza es buena, la sociedad corrompe. En ésta el hombre es esclavo, dominado por una forma de ejercicio del poder del más fuerte, como es la sociedad política (ver cita); en aquélla, el hombre era libre, deseoso sólo de conservar la vida satisfaciendo sus necesidades naturales: sin necesitar el trabajo para vivir, sin necesitar el hogar, sin lenguaje, pero sin guerras y sin necesidad alguna de los demás, aunque también sin deseo alguno de hacer daño (ver cita). Rousseau describe al hombre natural en los términos del «buen salvaje», mito difundido en la literatura del s. XVIII, basada en los libros de descubrimientos geográficos que proliferaron a partir del s. XVI, y mezcla de barbarie y estado idílico. La gran ventaja de este estado irracional era la presencia de la igualdad moral o política, no de la natural (ver cita). El tiempo y el desarrollo mismo de la naturaleza humana - y, ante todo, la misma perfectibilidad del hombre, verdadero pecado original del género humano e inevitable «fuente de todas sus desdichas»- han llevado gradualmente al hombre a la necesidad de establecer vínculos sociales, saliendo del estado natural «por algún funesto azar». El establecimiento de la propiedad privada es el momento en que se rompe el encanto del estado natural: introducida la propiedad, se introduce la desigualdad moral (ver cita), y con ellas la sociedad, mediante el contrato social, que con sus leyes sanciona y perpetúa la propiedad privada y la división entre ricos y pobres. Rousseau concluye que este tipo de desigualdad es contraria al derecho natural (ver cita).

Si la sociedad se ha establecido mediante un pacto, origen de la desigualdad entre los hombres, le parece evidente, en contra de la opinión común de los juristas que con la teoría del contrato legitiman el estado de cosas existentes, que lo que debe reformarse es la misma teoría del pacto, no el orden social. La naturaleza de este pacto la expone en el Contrato social.

El problema, para Rousseau, está en que, siendo el pacto necesario, ha de ser tal que no anule la libertad del estado de naturaleza (con lo que ya puede verse la orientación moral que da a su respuesta: si el hombre ha de aceptar leyes, las únicas leyes que no sólo no suprimen la libertad, sino que la hacen posible, son las leyes morales, lo cual manifiesta, además, las raíces morales de la sociedad), y puede formularse de la siguiente paradójica manera: ¿Cómo puede el hombre permanecer libre renunciando a su libertad?

No hay contrato social posible sin la existencia de una «voluntad general». Esta noción la desarrolla Rousseau por vez primera en su artículo sobre «Economía política» de la Enciclopedia. Con esta expresión -suya o de Diderot- alude a la imagen de que el cuerpo social, como persona moral que es, igual como todo individuo, ha de poseer un alma que lo anime, una «voluntad», que no puede ser sino «general»: el interés común,la armonía de intereses, la «norma de lo justo». Sometiéndonos a ella, es posible ceder toda la libertad y derechos personales a los demás y recibir, a cambio, los derechos y la libertad de todos los demás. El resultado de este pacto, la entrega total de todos a todos -la «enajenación sin reservas»-, es el pueblo soberano, el conjunto de ciudadanos, que constituyen el poder, la sociedad política o el Estado (ver texto).

En la concepción del Estado justo de Rousseau hay una llamada hacia el interior del hombre: la moralidad es lo que queda del estado primitivo de naturaleza. De aquí que la aceptación del interés común sólo sea posible en una perspectiva de moralidad; esto es, a través de la educación para entender lo que es justo.

En Emilio expone Rousseau su ideal pedagógico. Esta obra desarrolla el tipo de educación natural y negativa -«Todo sale bien de las manos del creador, todo degenera en las de los hombres»- que recibe un niño, Emilio, alumno imaginario. Natural, porque, alejado de la convivencia con los demás (lejos del influjo corruptor de la ciudad), es asistido por un educador, a veces el mismo Rousseau, que conoce profundamente la psicología humana y la de su alumno, y que intentará que surjan libremente del fondo de su alma los buenos criterios morales no corrompidos aún por la sociedad. Negativa, porque ha de hacerse lejos del influjo corruptor de la sociedad, en plena naturaleza. Esta atención individualizada al niño trae como consecuencia un principio pedagógico nuevo para todas las pedagogías tradicionales: el niño no es un adulto en miniatura, sino un ser humano que pasa por sus propias y peculiares fases de desarrollo. La educación natural que se da al niño ha de consistir, en suma, en evitar todo lo que, en la sociedad, tienda a influir sobre la personalidad propia del niño. El gusto (el juicio) moral surgirá de la sensibilidad debidamente educada, igual como de la conciencia surgirá la razón. El objetivo de la educación es formar primero al hombre, luego al cabeza de familia y luego al ciudadano. El Emilio ha sido paradigma de corrientes pedagógicas posteriores, denominadas «no directivas».

Este método natural de educación ni impone ni impide la religión. Por eso, el libro IV de Emilio presenta la Profesión de fe de un vicario saboyano, donde Rousseau expone sus ideas sobre la religión natural, su deísmo, que cae lejos del materialismo y ateísmo de algunos ilustrados: la verdadera religión surge del interior de cada uno, no de las imposiciones de las iglesias, y es más cosa del corazón que de la inteligencia: «Hijo mío, mantén siempre en tu alma el deseo de que exista Dios y nunca dudarás de ello». Esta religión interior es la del hombre; está, además, la religión del ciudadano, que es la que establece el poder civil y determina el soberano: fundamentalmente es la misma que la interior, con el añadido de la obligación de observar el contrato social y las leyes, y la imposición de la tolerancia. Las religiones establecidas, como el cristianismo, son perniciosas para la sociedad.

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Bibliografía

Del autor

  • Rousseau, J.J., Contrato social. Espasa Calpe, Madrid, 1993, 7 ed.
  • Rousseau, J.J., Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Alhambra, Barcelona, 1985.
  • Rousseau, Jean-Jacques, El contrato social. Alianza, Madrid, 1980.
  • Rousseau, J. J., El contrato social (el manga). Herder, Barcelona, 2013.
  • Rousseau, Jean-Jacques, Las confesiones. Mateu, Barcelona, 1966.
  • Rousseau, Jean-Jacques, Oeuvres complètes de Jean-Jacques Rousseau. Gallimard, Paris, 1959.

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